lunes, 20 de marzo de 2017

Finisterre



Costa da Morte 2021


Mi señora,

Las olas que espuman las rocas, inexorables, son la única constante junto a este que te escribe. La espera se hace eterna, nada puede consolarme. Sentado en esta piedra, con la sola compañía del graznido de las gaviotas, espero tu regreso. A pesar del largo tiempo transcurrido sin noticias de ti, revivo una y otra vez junto a los demás avatares de mi prolongada existencia, el momento en que viniste a visitarme por primera vez: tu melena negra incapaz de agitarse con la brisa y la blancura de tu tez que aún se me antoja la culminación de la belleza.
Me pediste que me marchara contigo, una concesión poco habitual en ti, acostumbrada a tomar lo que te viniera en gana, pero cuando te rogué que permanecieras a mi lado en esta tierra indómita lejos de los manejos de los hombres, tu mano helada dudó entre mis dedos y un gélido alivio congeló mi espinazo. Nos amamos junto al fuego, un fatuo intento por mi parte por llenar tu cuerpo del calor que a mí me sobraba. La felicidad que rozaste con el aliento me concedió una prórroga por la que he pagado un precio demasiado alto. Te fuiste, tenías demasiado trabajo y te habías ausentado más de lo permitido. Supliqué, besé tus pies de mármol, todo en vano. Desde la puerta, dibujaste un adiós con los labios, el toque que me habías negado. Saliste para siempre de mi vida, no he vuelto a saber de ti, pese a que desde la puerta dijiste que volverías, que no lo dudase.
Mienten quienes afirman que jamás rompes una promesa. Yo sigo aquí, inmortal, mirando al océano como el único ser humano sobre el planeta a la espera de que, con tu guadaña, siegues el hilo de mi existencia para concederme, por fin, el descanso eterno.


lunes, 6 de marzo de 2017

Correspondencia múltiple


Jacobo se alegró de que cesara el traqueteo del tren. El olor a carbonilla se colaba entre las vendas que le cubrían tanto el rostro y parte del cuerpo. Bajaron la camilla con descuido y, pese al dolor intenso, percibió el bullicio de la estación, un enjambre de soldados que recorría los andenes entre el vapor que exhalaban las ruedas de las locomotoras y a los que recibían madres y novias. Escuchó a los camilleros comentar con jolgorio que había cinco mujeres preguntando por el mismo hombre. Uno de ellos le palpó en busca de la chapa de identificación.

—Oye, ¿tú no te llamas Jacobo Casanueva?

—Llevadme al hospital, bastardos. Y llamadme Virtuoso.

martes, 28 de febrero de 2017

Temporal



Miguel Borrasca salió del almacén con un contrato a media jornada. Casi se presenta tarde al aeropuerto para un par de horas con siete charter. Pese al aguacero, sonrió al capataz con la esperanza de convertirse en fijo algún día. Con suerte, si llegaba a casa a las diez, dormiría cinco horas. El miércoles le habían propuesto para una baja en la recepción de un hotel a las afueras, aunque madrugaría para quitarse el atasco  y no llegar tarde. Antes de fichar, escuchó a uno de los oficiales chismorrear con los subalternos: «qué bien viven los eventuales». Una tempestad de ira le llevó a empotrar su vehículo contra el muelle de carga. Erró, por poco, el morro de un Airbus.

Fotografía: Iberia

domingo, 5 de febrero de 2017

Micronovela en imágenes - Una historia de Chueca

Una historia de Chueca

Pablo Lucas, alias PeLucas, vivía tranquilo en su estudio de quince metros cuadrados. Tenía internet de banda ancha, su teléfono de última generación, una televisión inteligente (si es que tal característica es posible en un electrodoméstico como ese) cuya pantalla plana ocupaba una de las cuatro paredes y una gran provisión de precocinados en la nevera. Hacía meses que no veía la luz del sol y la subvención llegaba con puntualidad.

El día en que todo terminó, maldijo su suerte. ¿Qué podía hacer por recuperar su bienestar? Del aseo, con cuidado de apartarse para poder abrir la puerta, salió un duende diminuto que se excusó por la intromisión. PeLucas no cabía en sí del susto. Del tigre no salía nadie que no fuera él mismo desde que su novia se había marchado con el sobrino del portero. El hombrecido, azorado, se ofreció para brindarle algún tipo de ayuda. PeLucas no necesitó muchas explicaciones para mostrarle su tristeza y falta de esperanza. El duende, apiadándose del mozo, le dijo que podía encontrar la solución si marchaba en pos del palacio azul, aunque para eso debería abandonar su cubil.

¿Un castillo? Si vivo en Chueca.
Nadie dijo que las aventuras fueran sencillas, muchacho repuso el duende con flema.
A PeLucas le espeluznaba el mero pensamiento de salir a la calle, pero ante sus penurias, nevera vacía, la electricidad cortada y el móvil con una ralla de batería tan solo, se vio obligado a buscar una mochila y partir en busca de aventuras.
 Tuvo que mezclarse con otras personas, atravesar castizas aceras repletas de viandantes, quedar deslumbrado por las luces de los comercios...
Los que paseaban por las calles, atentos a sus propios quehaceres, se apartaban cuando el macilento PeLucas se les acercaba preguntando por el castillo de los muros azules. Algunos, sin ocultar un gesto de desagrado, le alargaron algunas monedas.
 Llegó, pese a su ateísmo seglar, a encomendarse a alguna entidad superior, desvalido como se sentía.
 Por fin atisbó la fabulosa edificación que el duende le había descrito en su visión, la que le permitiría rehacer su vida merced a su fortaleza de espíritu. ¿Sería capaz de penetrar sus secretos? Los muros parecían inexpugnables y los pendones que adornaban su torreón flameaban al viento, llenándolo de temor reverencial. En ese momento, cual señal del destino, una vibración acompañada de un pitido, agitó el bolsillo de su pantalón. Perplejo, extrajo su teléfono para comprobar que... ¡Tenía acceso wifi gracias a un servidor público municipal! El duende tenía razón, estaba salvado. Ya podía volver a pedir comida a domicilio.

Texto y fotografías: Pedro de Andrés


domingo, 22 de enero de 2017

La ilustración de la viuda

La ilustración de la viuda



Santi vio a la señora Matilde guardar en las profundidades de su bolso los fascículos aún envueltos en el plástico. Se alejaba despacio del kiosco en dirección a su casa, arrastrando las zapatillas hasta la entrada del portal. Vivía tan cerca que no le hacía falta cambiarse de calzado salvo en los escasos días en que las nubes dejaban caer algo de lluvia sobre Ciluengos.
—Ahí va de nuevo la pobre —le comentó a Ramiro, que ojeaba el Marca con escaso entusiasmo, dada la mala racha del Real Madrid.
El aludido aceptó encantado la invitación a charlar y devolvió el diario a su percha. Solo lo adquiría cuando los merengues ganaban. Se acodó sobre el mostrador encarando a Santi.
—¿Sigue comprando fascículos por entregas? —preguntó.
—Sí, de lo más variopintos —contestó el propietario del kiosco, dándose golpecitos con el dedo en la sien.
—Pobrecilla, desde que falleció Damián, Dios lo tenga en su gloria, se debe sentir muy sola.
—Pero lo lógico es que coleccionase punto de cruz, casitas de muñecas y cosas por el estilo —repuso Santi mientras pasaba un trapo por las revistas de historia.
—¿No es lo que lleva?
Quiá, mecánica, electrónica avanzada y la última locura: construye tu propio robot.
Ramiro agitó la cabeza como si la sola idea de la Matilde con un soldador en la mano le pareciera satánica.
—Con lo buena mujer que es y ahora echá a perder.
Santi contuvo el gesto de santiguarse.
—Anda, vamos a fumar un pitillo, voy a bajar la persiana hasta la tarde.
Días después, los que comentaban la extraña afición al coleccionismo eran Francisco, el de la carnicería o Juan el farmacéutico, pero nadie quedaba indiferente al asunto. Don Saturnino, el párroco, tomó cartas en el mismo, le apenaba que Matilde, además de gastarse los cuartos de la viudedad en papeles inservibles, en lugar de en dádivas, estuviera perdiendo la cabeza más allá de toda esperanza.
—¿Es cierto lo que dicen? —preguntó a Santi una mañana.
—Ajá, padre. Ha dejado de pedir fascículos de colecciones raras. Un día, en vez de venir a recogerlos, me pidió que cancelara la cuenta y preguntó si podía encargar libros a la capital. Cuando le dije que sí, me dio esta lista. —Santi extendió una nota al páter.
—Estos son libros de ciencia. Bioquímica, medicina… No tiene sentido. En fin, el estudio no tiene edad ni jamás hizo daño a nadie. Hijo, te ruego que me informes si se diera alguna novedad.
En los meses siguientes, tras la recepción de los libros solicitados, Matilde recuperó parte de la alegría de antaño. La locura transitoria quedó relegada en el recuerdo de los vecinos hasta el día de San Bernardo. Por la tarde, Don Saturnino recibió la visita de Santi en la sacristía.
—Esta mañana se acercó la Matilde al kiosco, padre. Me bendijo por mi paciencia y señaló al cielo. «Está noche será la gran tormenta», dijo. No parece muy extraño, pero me pidió que le contara…
—Claro, hijo, te lo agradezco.
Nada más quedarse a solas, se recogió los faldones de la sotana y salió de la iglesia por el portillo de acceso al cementerio. Las piezas empezaban a encajar. La tormenta vaticinada, la tumba de Ramiro profanada, la desaparición del cadáver embalsamado y el relativo contento de la viuda.

Don Saturnino se encogió de hombros. Miró al camino de los zarzales e imaginó la escena en la terraza de Matilde: los cables y el pararrayos. Se santiguó y, con una sonrisa, le deseó toda la suerte del mundo.

domingo, 11 de diciembre de 2016

La gran regata de la historia



Ulises alza la mirada hacia lo alto del palo, allá donde el vigía escruta el horizonte. Mira de reojo a Magallanes y a Juan de la Cosa.

—¿Tierra a la vista, Rodrigo?

El de Triana niega con la cabeza y la ansiedad se apodera de toda la tripulación. Si la nave de Erik el Rojo y el capitán Cook les lleva la delantera, ni Cristóbal Colón el genovés podrá obrar la maravilla.

martes, 22 de noviembre de 2016

Allá donde fueres




Sabes que deberías olvidarla, poner algo de orden en tu vida. O también podrías tatuarte su nombre virginal en la lengua para así acariciar su sexo cada vez que pronuncias su nombre. Podría ser una monumental coincidencia que se llamara Lolita en lugar de ese nombre tan absurdo: Plo-ti-na. ¿A quién se le ocurre enamorarse de una muchacha llamada Claudia Plotina? Pero eso es lo que tiene utilizar para asuntos tan poco prosaicos ese extraordinario don que tienes para viajar, a voluntad, en el tiempo.

Imagen: Villa romana del Casale, Sicilia (siglo IV)