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Audiencia real

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Partió de Copenhague en un carruaje que le llevó a atravesar tres países europeos. Llegado el momento de acercarse a la reina, todo su ser era un manojo de nervios. Sin embargo, supo que había estado a la altura cuando se mantuvo firme tras ser mojada en la taza de chocolate.

... sin pecado concebida

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El sacerdote le dio la absolución. Doña Blanca se había acusado de mantener, a espaldas de su marido, un romance secreto con Tomasito y no había escatimado detalles. Si le imponía una penitencia leve, puede que ella intuyese que no la creía y lo que el cura deseaba era la felicidad de Doña Blanca, aunque fuera tan solo en su más íntima fantasía.

Están entre nosotros

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El viento arrastraba los restos del compuesto Y-629. En su celda de la prisión de máxima seguridad de Copenhague, el profesor Franz, aferrado a los barrotes, mantenía a gritos su versión, lo había hecho para salvar al mundo de los invasores infiltrados de otro planeta. Reducidos al cinco por ciento de su anterior demografía, los supervivientes dudaban aún si repoblarlo o llamarlo de nuevo Edén.

Otra margarita

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El mentón reposa sobre el broche de la toquilla, las manos se abandonan sobre el regazo, vencidas por el hierro de las argollas. Se sabe condenada de antemano, antes del juicio que espera con resignación, ajena a los ojos de sus custodios, rancios alientos de tabaco y vino con capote verde. Resbala la mirada por un vestido tan deshecho como sus esperanzas. La única venia que espera del juez es que no la lleven al cadalso con esta ropa ajada de celda y lágrimas secas. En el banco de enfrente aguardan las meretrices. Entraron con estridencia, dedicándose toda suerte de apelativos soeces y haciendo gestos lascivos hacia los guardias, que las han ignorado con el aburrimiento de la rutina. También a ella, a Margarita, han dedicado burlas y pullas hasta que, finalmente, se han contagiado de su silencio. Ahora callan o se hablan entre susurros. Saben quién es, no queda nadie en la ciudad que lo ignore. No matas a un marqués y te abandonas al abismo del olvido. ¿Qué importan los motivos? Él er…

Prefiero las corrientes

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Dedicado a Pedro Ignacio Tofiño, sufridor de trolls y otros entes
Nadie podrá convencerme de que existe la justicia poética. Lo sería si pudiera escribir un poema y metérselo por el culo al Troll. En llamas. Cuando empecé a trabajar en esa oficina, me pareció el lugar ideal. «Ojalá pudiera jubilarme en este sitio», fue uno de mis felices pensamientos cuando cobré mi primera nómina. Fueron dos años de formación y trabajo duro, pero también de compañerismo y satisfacción por la labor bien hecha. Ni se me pasaba por la cabeza reflexionar sobre el destino de aquellos memorandos redactados al filo de la hora de salida o del objeto de las reuniones de equipo, en las que a la responsable del departamento se le llenaba la boca de cifras y gráficos frente a una presentación de Powerpoint y que no calaba en nuestras mentes más allá del cafelito de después de comer en el bar de la esquina y las partidas de mus cuando hacíamos jornada intensiva.
Setecientos treinta y siete días después de la firma …

Entre bambalinas

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"Me calé la capucha en un vano intento de que la cellisca hedionda no me quebrara la piel. Después de dos días sin articular palabra, tuve que chasquear la lengua para que no se me quedara pegada al paladar. En casa, con Mako, era complicado que la cháchara se detuviera por más de diez minutos. Me faltaba práctica en el silencio. Otro ramalazo de nostalgia me angustió las entrañas. Aferré con saña la correa del fusil, un recordatorio en mi hombro de lo que me había llevado de vuelta al Juego."
Así comienza "Entre bambalinas", el relato que Ficción cientifica, la prestigiosa red social de Literatura de ciencia ficción, ha tenido a bien publicar . Uli, antiguo campeón del Juego, ha de rescatar a su hija secuestrada por un competidor resentido que le obliga a jugar la partida definitiva con sus vidas en juego. En la página de Ficción científica puedes leerlo completo o descargarlo en diversos formatos.

Milagros, los justos

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El embalsamador jefe, agotado, dejó caer el frasco de ungüento sobre la mesa de operaciones. «No puede ser, logré este puesto porque jamás he fallado en mi labor», masculló. En veinticinco años de carrera, solo había obtenido menciones y parabienes. Sin embargo, con el diácono habían fracasado todas sus técnicas, tanto las clásicas como las innovadas por él mismo. Una sospecha se hizo hueco en su frustración. Giró en la silla para encarar el ordenador. Una clave tras otra le impedían el acceso al registro de procedencia. Con el hedor del cuerpo en sus fosas nasales, llamó a Ramírez, el subsecretario. «¡Qué diácono ni qué narices! Lo que tienes sobre tu mesa es un concejal multimillonario».