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lunes, 16 de octubre de 2017

De visita en el pueblo viejo


A menudo las tumbas abiertas parecen bocas que expelen un hedor insoportable. Otras veces, en cambio, son agujeros modestos que aguardan con discreción a ser ocupados. Cuando llegamos a la salida del cementerio, mis padres conversaban animados. Les había parecido que, al acercar la vela, Elvis había abierto los ojos. Entonces, me di cuenta de que Lily se había quedado atrás. Le gustan tanto los camposantos que se queda ensimismada ante las lápidas. Me perdí entre los pasillos, distraído por la cháchara de los cipreses en calma. Anabel, tan inocente, aprovechó para interceptarme desde la trasera de un contenedor repleto de herrumbre. Con su manita, alzó para que pudiera verla bien una menuda bolsa de plástico transparente y sus ojos azules brillaron tanto que iluminaron su pelo. «Son las bridas que necesitamos para ayudar a mamá», me dijo. Inspiraba tanta ternura que me daba apuro decirle que ni esas piezas de plástico ni ninguna otra podrían obrar la magia. Le sonreí como pude y me alejé en busca de Lily.  No sé muy bien para qué. Sospecho que nadie más puede verme.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Cuatro filas de dos en fondo



Ah, el placer de las líneas perfectas, los colores resplandeciendo al fresco de la mañana. Sentir que das la cara cuando las cosas se ponen duras, que tras de ti, los tuyos comparten gallardía.

Mas los días transcurren. Las tonalidades de los cobertores pierden luminosidad, adquieren arrugas. Nadie desea al yogur caducado.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Audiencia real


Partió de Copenhague en un carruaje que le llevó a atravesar tres países europeos. Llegado el momento de acercarse a la reina, todo su ser era un manojo de nervios. Sin embargo, supo que había estado a la altura cuando se mantuvo firme tras ser mojada en la taza de chocolate.

martes, 5 de septiembre de 2017

... sin pecado concebida

El sacerdote le dio la absolución. Doña Blanca se había acusado de mantener, a espaldas de su marido, un romance secreto con Tomasito y no había escatimado detalles. Si le imponía una penitencia leve, puede que ella intuyese que no la creía y lo que el cura deseaba era la felicidad de Doña Blanca, aunque fuera tan solo en su más íntima fantasía.

martes, 25 de julio de 2017

Están entre nosotros



El viento arrastraba los restos del compuesto Y-629. En su celda de la prisión de máxima seguridad de Copenhague, el profesor Franz, aferrado a los barrotes, mantenía a gritos su versión, lo había hecho para salvar al mundo de los invasores infiltrados de otro planeta. Reducidos al cinco por ciento de su anterior demografía, los supervivientes dudaban aún si repoblarlo o llamarlo de nuevo Edén.

lunes, 10 de julio de 2017

Otra margarita

Otra Margarita - Sorolla

El mentón reposa sobre el broche de la toquilla, las manos se abandonan sobre el regazo, vencidas por el hierro de las argollas. Se sabe condenada de antemano, antes del juicio que espera con resignación, ajena a los ojos de sus custodios, rancios alientos de tabaco y vino con capote verde. Resbala la mirada por un vestido tan deshecho como sus esperanzas. La única venia que espera del juez es que no la lleven al cadalso con esta ropa ajada de celda y lágrimas secas.
En el banco de enfrente aguardan las meretrices. Entraron con estridencia, dedicándose toda suerte de apelativos soeces y haciendo gestos lascivos hacia los guardias, que las han ignorado con el aburrimiento de la rutina. También a ella, a Margarita, han dedicado burlas y pullas hasta que, finalmente, se han contagiado de su silencio. Ahora callan o se hablan entre susurros. Saben quién es, no queda nadie en la ciudad que lo ignore. No matas a un marqués y te abandonas al abismo del olvido. ¿Qué importan los motivos? Él era un Grande, ella una insignificante vendedora de cerillas en un elegante bodegón. Tenía hambre, frío, y nada con que pagar el cuartucho de la pensión de la Venancia. Cómo resistir la sonrisa melosa, el porte señorial de bastón con pomo de oro del de verdad. "Chiquilla, estás tiritando…, pero… ¿tú has comido?"
Las promesas se las llevó el viento, junto con su virtud, obligada a soportar toda clase de actos aberrantes encerrada en un sótano. Vístete con esto, ahora quítatelo. ¿Sabes para qué sirve esto, niña? Las risas escandalosas de los invitados a sesiones privadas, el olor a licor y a puro, las marcas en la piel… y las horas malditas en la penumbra de la mazmorra, a la espera del siguiente martirio. Los recuerdos de Ciluengos, su pueblo natal, eran el único refugio para aferrarse a la cordura.
Levanta la vista y se gira para mirar a los guardias. Un vaso de agua, unas palabras, cualquier cosa mejor que el escrutinio de las muchachas, el silencio de las tablas del solado o la niebla de unos recuerdos que sangran.
Virgencita de los desamparados, que termine ya, que acabe el garrote con este horror. No quiere revivir de nuevo el día que, convencido de su docilidad, el marqués de Rosamora se dejó atar a los barrotes del camastro con ropas de seda, convencido de haber hallado un filón de gozo diferente. Se dejó hacer. Cada corte, el pago por una vejación; cada golpe, justa retribución por cada risa humillante.

Margarita, asesina confesa con alevosía y ensañamiento, mueve por fin las manos. Las desliza por un vientre que creía yermo. Quiera el buen Dios que nadie se percate, que el verdugo sea diestro y se lleve así con ella, el último recuerdo del marqués de Rosamora.

lunes, 26 de junio de 2017

Prefiero las corrientes



Dedicado a Pedro Ignacio Tofiño, sufridor de trolls y otros entes

Nadie podrá convencerme de que existe la justicia poética. Lo sería si pudiera escribir un poema y metérselo por el culo al Troll. En llamas. Cuando empecé a trabajar en esa oficina, me pareció el lugar ideal. «Ojalá pudiera jubilarme en este sitio», fue uno de mis felices pensamientos cuando cobré mi primera nómina. Fueron dos años de formación y trabajo duro, pero también de compañerismo y satisfacción por la labor bien hecha. Ni se me pasaba por la cabeza reflexionar sobre el destino de aquellos memorandos redactados al filo de la hora de salida o del objeto de las reuniones de equipo, en las que a la responsable del departamento se le llenaba la boca de cifras y gráficos frente a una presentación de Powerpoint y que no calaba en nuestras mentes más allá del cafelito de después de comer en el bar de la esquina y las partidas de mus cuando hacíamos jornada intensiva.

Setecientos treinta y siete días después de la firma de mi contrato laboral, llegó el Troll. Confieso que fui el autor del mote, el primero que había colocado en mi vida, pero no llevaba ni dos horas sentado en la mesa de enfrente y la imagen de aquellos seres que perseguían a David el gnomo en los dibujos animados acudió a mi mente como si tuviera la tele delante. No tengo nada en contra de la obesidad. Yo mismo tengo una pancita sedentaria que no me incomoda demasiado, salvo por los agujeros del cinturón. Sin embargo, en el caso del Troll, era simplemente el marco que perfeccionaba el cuadro. El bigotito recortado bajo la nariz, el pelo engominado hacia atrás y, sobre todo, un intenso hedor a falta de aseo diario que se imponía sobre la pulcra blancura de las camisas que su esposa le planchaba con precisión milimétrica, deslucidas por los perpetuos cercos de sudor en la americana que ni en la mejor lavandería podrían eliminar.

La primera vez que dejé sobre su mesa los restos de mi tubo de desodorante, se quedó mirándolo casi un minuto hasta que, con un rezongo ininteligible, lo cogió y se fue en dirección al baño. Suspiré ante la perspectiva de lograr una tregua aunque fuera solo por una mañana. Cuando regresó, no solo constaté que no lo había usado, sino que se había deshecho del envase. No tuvo ni la lucidez de preguntar por su propietario. Se giró en su silla hacia la ventana y sesteó haciendo como que leía un informe al que nunca pasaba las páginas. Hubo un segundo y un tercer intento de aportar desahogo a las glándulas sudoríparas de sus axilas, todos infructuosos. Llegué a sufrir varios catarros severos porque me veía obligado a abrir la ventana incluso en los más fríos días de invierno.

La citación del director general no me pilló de improviso. Se rumoreaban los ascensos y yo tenía unos cuantos boletos. Fueron unos minutos tensos de espera, sentado bajo la mirada de su secretaria en la antesala de su despacho. Desde dentro, unas voces se aproximaron a la puerta. La cita anterior se despedía junto a las hojas y me llegaba el rumor de una charla cómplice. Lo que no me esperaba en absoluto fue ver al Troll salir cuando terminaron de despedirse con un apretón de manos. Apestaba a colonia barata que apenas disimulaba su habitual pestilencia. Tuvo incluso las agallas de acercárseme, darme una palmada en el hombro y susurrarme con aliento fétidos un: «Otra vez será, chaval. No gastes más en desodorantes» que me humedeció las orejas por dispersión de saliva durante unas horas.
Mi reunión con el director fue cordial y breve. Me conminaba a seguir en la brecha y esperar mi momento. Ahora soy feliz. Al Troll le dieron un despacho en otra planta y yo puedo cerrar las ventanas en pleno enero.


De visita en el pueblo viejo

A menudo las tumbas abiertas parecen bocas que expelen un hedor insoportable. Otras veces, en cambio, son agujeros modestos que aguard...